viernes, 2 de agosto de 2013

La sombra

     Clara era un ser de luz y en el camino de su vida arrasaba con lo que no le gustaba, ignoraba los insultos, engullía sin digerir las miradas asesinas, reprimía sus ansias de explotar y en definitiva sorteaba todo lo negativo que encontraba a su paso. No era capaz de valorarlo -¿Para qué? -se decía -Si todo lo que quiero tener en mi vida es lo bueno, lo malo no tiene importancia. 

      Oscura era un ser de tinieblas y seguía a Clara por donde quiera que fuese. Sigilosa, muda, implacable, le había tocado el papel de sombra. Oscura no era mala, al igual que Clara no era buena, pero cada vez que Clara evitaba afrontar algo desagradable, no lo aceptaba y comprendía, se limitaba a mirar hacia otra parte, Oscura se alimentaba de sus desechos y se hacía más y más grande. 

      Cuanto más iluminada estaba Clara más apagada era su sombra, hasta que un buen día se le ocurrió la brillante idea de mirarse en el espejo de la circunspección y allí estaba ella y su pelo, su luz, su sonrisa, pero también había algo más, algo terrible, monstruoso, tan desconocido como desgarrador, la parte de sí misma que siempre quiso acallar. Oscura sonrió desde el hombro de Clara con una cara entre dolor inconsciente y autocompasión... Clara palideció, se le paró el corazón, quiso gritar pero lloró, lo negó todo, quiso morir mil veces, volvió a mirar y se dejó llevar por aquellos ojos tristes. Había conocido a su sombra y tras charlar la luz con la oscuridad, lo purista con el pecado y la libertad moral con la amoral las dos se fundieron en Ocaso, que no era tan clara ni tan oscura, pero era más justa consigo misma.

02/07/2013 Alfredo Gil Pérez

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