jueves, 18 de julio de 2013

Susurro de Luna

        Lloraba encogido sobre sí mismo, el mundo le parecía un lugar desgarrador y desolado. El aire se le hacía amargo, su olfato estaba viciado y no olía más que a ponzoña. Su tacto era áspero, su vista estaba nublada. No había cosa derecha ni derecho para ninguna cosa y por ello no quería ver lo que le rodeaba. Decía haber sufrido, decía haber entendido los hilos que mueven al mundo y no haber visto nada bueno. Todo estaba corroído para él, poco había puro y moría, pocos eran los que entendían la realidad y estos, por no sufrirla, la ignoraban. 
Injusticias y sinrazones, bravuconería, megalomanía, celos, complejos, heridas, sal...

        La luz de la luna avanzó y subió por su hombro, lo rodeó, acarició su piel y restauró su tacto, iluminó sus ojos, sanó su olfato, levantó una brisa dulce, limpió la ponzoña. Allí olía a Luna si es que tiene algún olor, se veían las cosas con la luz azulina que caracteriza a ese globo y al callar los soyozos tronó una voz. -Hijo mío, nunca ha habido nadie del todo bueno, ni del todo malo. Puedes fingir que es tu alter ego, culpar a los humores o escudarte en la impulsividad, pero al final sólo tú eres responsable de tus acciones y del rasero con el que mides las de los demás. ¿Crearás buenos o malos fantasmas? -y así, entendiendo las medias tintas se levantó y se dispuso a salvar sus miedos y fallas.


Alfredo Gil Pérez 18/07/2013

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