martes, 2 de julio de 2013

El umbral de la puerta

     El otro lado se extendía tras el marco, iluminado con una intensidad que cegaba mis pobres ojos y con tantas sombras y dudas como luz. Podía dar el paso y dejar atrás aquella habitación, sus cuatro paredes confortables pero pequeñas, su techo, su calor. 
¿Qué habría allá afuera? ¿Merecería la pena? ¿Y si estaba dejando atrás un hogar, un refugio, la posibilidad de estar en casa? La inquietud se disfrazaba de paciencia y mis ojos se movían de un lado al otro. Dentro, fuera, tic-tac, sí, no, quizás... La entrada estaba desnuda y no había hoja que me impidiera el paso, pero el peso de las consecuencias se cernía como un muro invisible de un sólo uso. 
Me dirigí a la oquedad, me fijé en el exterior, miré hacia atrás y traté de valorar dónde estaba mejor, pero para dar ciertos pasos hace falta acumular valor, y el valor requiere conocimiento de causa, si no es estupidez mezclada con ignorancia. Asi que me di la vuelta y decidí aprender hasta madurar lo suficiente para entender lo que quiero.


02/07/2013 Alfredo Gil Pérez

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