martes, 11 de junio de 2013

El artista

     Gabriel estaba sentado con un grupo de amigos tomando algo y matando las horas en buena compañía. 
Todavía tenía entre las uñas algo de la arcilla que estaba moldeando en la facultad y algunas manchas de colores repartidas por las manos demostraban que también estaba con un óleo.
Como siempre, tenía la mirada perdida, inmerso en cosas que sólo él puede saber y se mesaba la barba.

     Sergio, que ya lo conocía, decidió devolverlo al mundo real. -¿Y tú qué opinas Gabri? -¿Qué?... -respondió para darse tiempo a aterrizar -¿Crees que quienes hablan bien tienen poder? -un gusanillo le hizo carantoñas en el estómago y se le erizó el pelo como cada vez que sabía que iba a vomitar algo importante. -Creo que lo verdaderamente poderoso no es hablar bien, sino conocer el efecto que pueden tener tus palabras en el otro. -¿A qué te refieres? -Escucha... no es lo mismo hablar sobre los naranjas, que hacerlo sabiendo la sensación de calidez que puede causar en alguien que escucha la descripción de un paisaje naranja. No es lo mismo pintar un naranja que mezclarlo en el punto exacto para que sea la luz de una puesta de sol que ilumina un prado. Las palabras adecuadas en el momento oportuno son como el hilo que hace un bordado con la aguja, dejan marca...
-Bueno Gabri, creo que se te ha ido... -sonrió e hizo algún comentario aleatorio, pero en el fondo sabía que no estaba muy equivocado.

04/06/2013 Alfredo Gil Pérez

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