domingo, 12 de mayo de 2013

La chica tímida

     Era guapa, pero sus ojos eran ciegos. Era inteligente y aguda en la intimidad, un cuadro envuelto por algún paño, un libro en un estante muy alto, un misterio grandioso que se oculta entre vanalidad.
La vergüenza cosía sus labios con hilos rojos y sus pupilas apuntaban descargadas al suelo por miedo a matar a algún inocente. Se ocultaba bajo un pelo enmarañado de camuflaje y unas frases aburridas para no dar conversación.

     Disfrazaba de apatía y miradas perdidas su continuo análisis e interés, y aunque marchara tranquila, el peso de sus pasos desvelaba el lastre de los reparos que se le aferraban a la piel.
¿Y si? ¿Pero...? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿De qué vale? Eran tantas y tan frecuentes sus dudas que con su compañía se bastaba.
Cuando necesitaba algo más humano escribía preguntas en un papel y las contestaba, se contestaba.

     Nadie sabría jamás de las maravillas que ocultaba tras su fachada, de no ser porque aquel día dos miradas, que apuntaban hacia el suelo con la misma objeción de conciencia, se encontraron en un charco del pasillo.
Dispararon sin piedad y a quemarropa. Como dos medusas recelosas se petrificaron en un instante, se buscaron sedientas, se descosieron las bocas, recobraron la cordura, se llenaron con aliento, desbocaron corazones; y con el sudor frío de un sueño decidieron disparar.

     Dos palabras, dos sonrisas, cuatro libros por el suelo. Matemáticas mojadas, lengua e inglés en una esquina y sólo al de filosofía consiguieron rescatar.
Tres almuerzos vitalistas en la cafetería de las ideas y los dos libros de lo alto de una estantería se han hechado hoy a volar.

Alfredo Gil Pérez 09/05/2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario