lunes, 20 de mayo de 2013

El piso en París

     La música completaba la estampa. El jazz inundaba las habitaciones, las ventanas del balcón estaban abiertas para airear aquel desorden y el sol rugía furioso en la calle, iluminando el mar de parques, coches, asfalto, gentes felices, tristes y otros mares menores. El aire olía a amor adolescente y las risas de un ataque de cosquillas junto con los correspondientes gritos y pataleos reverberaban aquí y allá.

     La luz era cálida, con azules, como si de una película francesa se tratara. Y como en una película francesa al uso todo sucedía despacio.
Discos por el suelo, un libro abierto, cojines, cigarrillos apagados, los restos de un desayuno elaborado, una serie a la que ya nadie hacía caso y con un volumen casi imperceptible ocupando la tele...
La mantequilla de las tostadas también impregnaba el aire y el sonido de los besos bailaba con el de los saxos. Un vaso de agua medio lleno, o medio vacío; todo depende... Una camiseta gris, una púrpura, dos vaqueros, deportivas, calcetines, calzoncillos... huellas en dirección al dormitorio y un cuadro en el suelo que poco interés despertó al caer.
La marca de una mano en el espejo del pasillo que trató en vano de aferrarse a la realidad y una puerta entreabierta que filtraba caricias, suspiros, miradas, deseo y un aire denso-almizclado expectante por lo que pudiera pasar.

     Terminó una canción y empezó la siguiente, la música completaba la estampa.

Alfredo Gil Pérez 19/05/2013

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