martes, 28 de mayo de 2013

Ciegos de corazón

     Ella estaba sola, sentada frente a la ventana, viendo la lluvia caer. La gente iba y venía por el aeropuerto, pero ahí seguía, sola, esperando a su avión con unas maletas amontonadas a su lado y un café tal vez con demasiada azúcar. Perdió la mirada y una voz le susurró al oído.

     <<Cerramos los ojos del juicio y a tientas, guiados por una mezcla de intuición poco ducha y un sentimiento infantil de anhelo, damos tumbos saboreando lágrimas y sonrisas, besos y caricias. Olfateamos un aroma que eriza el vello de la nuca y nos impulsa como una explosión de adrenalina. Tratamos de aferrarnos al momento, de exprimirlo, de bañarnos en él, beberlo y guardar todo lo posible para nosotros. Pero cuando salta a la vista el problema, cuando nos pega con furia en la cara y nos baila haciendo piruetas, los ciegos de corazón abrimos los ojos del alma y seguimos adelante por mucho que quemen las llaman o por mucho frío que traiga el invierno. 
Y así acabamos, ciegos de tanto creernos de piedra, pero tal vez con un elenco de sentimientos que han merecido la pena.
Puestos a ser piedras, procuremos no verlo y que así no duela. Ya dolerá mañana...>>

     Escuchó unos pasos alejándose a sus espaldas, no se giró queriendo guardar la intriga y con una sonrisa cincelada, cogió sus maletas y se dirigió a la siguiente puerta de embarque.

Alfredo Gil Pérez 26/05/2013

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