lunes, 22 de abril de 2013

Y la roca me habló


     Era de piedra, lo juro, una estatua hermosa y estoica, fría, pero no frívola, un coloso de medusa que encarnaba el autocontrol y la moderación; con un corazón tan calculado, cincelado golpe a golpe, que resultaba imposible atisbar la menor grieta en sus ojos o en su cálida sonrisa. 
Pero algo cambió en aquel momento, la idea debió de dinamitar su misteriosa fortaleza, y no lo juzgo, cualquiera no aguanta las descargas propias del corazón. 
Su sonrisa se quebró, por un momento perdió la mirada y cayó en su propio abismo mientras las lágrimas aprovechaban el despiste para huir en tropel de su prisión.
El alma se le encogió, era como si alguien la arañara, y quemaba. Tembló entre pequeñas convulsiones incontrolables, por un momento el mundo le pareció más pesado de lo que recordaba. Quiso escapar, esconderse, ser el último ser humano en La Tierra y no tener que preocuparse por ese tipo de cosas, enterrar la cabeza y no volver a sacarla...

     Pero tras la primera oleada, tras la confusión y el desengaño, su piel volvió a tornarse áspera a pesar de ser tan suave como cualquier otra, y declaró a su almohada: 

     -Bueno, esta cantinela ya la conocíamos, ¿no? Nada fuera de lo esperable, no sé por qué me he dejado llevar... -se levantó, sonrió con calidez y se dio una buena ducha.

Alfredo Gil Pérez 19/04/2013

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