jueves, 11 de abril de 2013

Entre la Cruz y la Luna

     El vientre le pesaba, sus pies descalzos estaban hinchados y calados de frío. La tela púrpura desvelaba la figura de una madre, ensalzada por el tañir de la infinidad de cascabeles y alhajas que la adornaban; una especie de representación lujosa de aquello que hay de sagrado en traer al mundo una nueva vida.
La barriga redondeada bamboleaba de izquierda a derecha subiendo escalón a escalón. La anciana que le sostenía la mano destinaba sus pobres fuerzas a evitar perder el equilibrio cargada de bolsas y los pobres enseres, que presumiblemente eran todo lo que tenían. -Tranquila querida, todo saldrá bien... -le susurró, con la mirada perdida y un tono no todo lo firme que hubiera deseado, colocando su fleco tizón tras la oreja derecha y dándole un beso de ánimo en la mejilla.

     Las esculturas de piedra de la fachada mantenían su mirada regia y desafiante, ausentes como el viento y la nieve de la calle, duras y ásperas como la vida que ellas llevaban...

     Ya eran pocos los peldaños que las separaban del cálido interior del monasterio y el crudo invierno. La muchacha saldría de cuentas y podrían engañar al hambre con la caridad el abad. 
Cuando se recuperaran y antes de que tuvieran tiempo para reclamarles algo que pudiera atarlas volverían a ser libres como el viento, con su pequeño. Volverían a recorrer los caminos como sus hermanos, y en la despedida entre agradecimientos las bendiciones saldrían de ambos bandos...

     Algo iba mal. -Venga querida, vamos pequeña... sólo unos pocos pasos más... ¿ves la puerta? ¡Está ahí! Esta vez no te engaño... -la muchacha cayó tendida panza arriba y sus gritos de dolor alertaron a la anciana de que una mancha se extendía por el vestido. -¡Oh no! ¡Aquí no, por favor, no...!
Rápidamente la anciana sacó unas tijeras algo ajadas, ungüentos, hierbas y un mortero. Telas coloridas y una manta que parecía suave.
Aquella mujer, casi niña, serparó las piernas y la anciana retiró el faldón y las enaguas. El frío se coló en su expresión y el dolor casi se palpaba en sus gritos mientras se aferraba a la tela de sus faldas clavándose las uñas.

     Parecía que todo iba bien, había suficiente espacio. Esa niña era fuerte, sin duda, como su madre... 
Machacó algunas hierbas, las amasó con agua y se las dió a masticar para calmar el dolor. -Reinaluisa, algo de amapola y sí... el jengibre servirá. Tendrá que regular la termperatura... -otro grito desgarrador trajo de vuelta a la anciana, temblorosa como un manojo de nervios, de sus divagaciones. -Ya se ve la cabeza Sounya, y es grande, será cabezón como tú... -los gritos se repetían mientras el cuerpo del bebé abandonaba la que fuera su morada durante las pasadas nueve lunas con la ayuda de aquellas manos curtidas por el tiempo. Cortó el cordón umbilical, lo limpió un poco y lo abrigó en la manta mientras la placenta terminaba de salir.
-¡Es una niña Sounya! ¡Es una niña! -las lágrimas de felicidad rodaban desde los ojos verdes de Sounya y su sonrisa se paralizó, convirtiéndose en una mueca sin personalidad. -¿Pequeña? ¡¿Pequeña?! ¡No nos abandones, no puedes irte así! -la anciana rebuscó en sus bolsas, acercó algún tónico a su nariz, la abofeteó, la odió, la amó y la extrañó, todo al mismo tiempo. Un puño apretaba su corazón pero el único sonido que la acompañaba era el llanto de aquel bebé. -Llévame a mí, a ella no, todavía no... -¿Quién anda ahí? -la puerta del monasterio se había abierto, un monje oculto bajo el incómodo hábito observaba la escena. Una joven con los labios azules, un bebé llorando en manos de una mujer que abofeteaba a la chica y sangre, mucha sangre. Hierbas, morteros, botellitas con líquidos extraños... -¡bruja!

     La anciana no contestó, sólo podía llorar. Miró a los ojos a la niña, la besó, besó a Sonya y se dió a la fuga dejando al bebé en su regazo. -Lo siento Sonya, lo siento... -sacó fuerzas de donde no las había, las ramas la golpeaban, pero el peor dolor lo llevaba por dentro y era ése el fuego que le daba la energía. Estiró los brazos pasado el pequeño bosquecillo y saltó por el acantilado que marcaba su fin, presa de la impotencia  y la locura. 
Justo cuando terminó su vuelo, justo cuando terminó su vida, los ojos de Sonya se abrieron con una exhalación de vida y una calidez fuera de lugar entre la nieve...


     Pasaría mucho antes de que volvieran a los caminos ella y su pequeña, pero en cierto modo seguían siendo tres. Algo de Jayah las acompañaba cuando llamaba a su pequeña de ojos verdes y mirada misteriosa.

     -Jayah, no te alejes del carromato. Podría ser peligroso. -¡Vale mamá!

Alfredo Gil Pérez 11/04/2013

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