lunes, 5 de noviembre de 2012

Una visita inesperada


     La soledad se escondió tras su puerta, oscura y sin rostro, sumida en sus pensamientos. Él se incorporó en la cama y al verla sintió cómo su corazón hacía cabriolas ardiendo en anhelos y melacolía. Ella quitó las manos de su cara sin faz y dirigió lo que debería ser una mirada a aquél chico. -¿por qué estás aquí? ¿acaso merezco tu visita en la oscuridad de la noche, cuando más vulnerable soy a las sorpresas? -la parca de la compañía se sentó a su lado, tomó sus manos y al poner su cara frente a la del muchacho éste sintió que su corazón se vaciaba de felicidad y se teñía de sombras mojadas de sudor. -¡No! ¡Déjame! ¡Ésto no es real, tú no estás aquí! ¡Sólo estoy yo solo! -las manos de la triste acompañante temblaron y se refugió en una de las cuatro esquinas que comprendían la modesta habitación. -No puedo creer que haya pasado, lo creía tan real e irrompible que no podía ni imaginar este momento. -una lágrima, tal vez dos, rodaron por sus mejillas. Miró a la sombra sin calidad de persona y fue hasta su esquina. -Supongo que el primer paso es aceptarte y caminar contigo los próximos diez, cien o mil, hasta que tu compañía me parezca tan real, tan irrompible que cuando me descuide me abandones de la mano de alguien nuevo en mi vida. ¿Quién sabe?, nunca he estado solo. -se abrazaron, se fundieron en uno de mutuo acuerdo, y así fue que solo con su soledad siguió adelante los días venideros, formalizando la no relación de reconstruirse a uno mismo.

Alfredo Gil Pérez 29/11/2012

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