lunes, 5 de noviembre de 2012

La inspiración perdida


     Deslizó el pelo tras su oreja izquierda, mordió el lápiz ya marcado por la furia nerviosa de sus dientes. A continuación apretó su labio inferior contra la encía y se concentró en el sonido de las gotas de lluvia contra el cristal. Era evidente que no estaba cómoda en aquel lugar.
Dobló la esquina de una página aleatoria, ya que en realidad no estaba leyendo; cerró el libro y su cuaderno negro, los dejó sobre la mesa y deslizó el lápiz entre su oreja derecha y el pelo para salir al pasillo. 
La gente a su paso iba abrigada hasta las orejas y sus ojos hacían tic-tac de unos a otros buscando una pizca de inspiración, pero su musa parecía haberse esfumado. Fue bonito mientras duró...

     Desafiando toda lógica dejó el abrigo y decidió no endosarse el chubasquero. Se quitó los guantes y cruzó el umbral del pasillo ante la atenta mirada de uno o dos curiosos afortunados por presenciar aquella explosión de espontaneidad.

     Trató con sus manos de desviar la cortina de lluvia para pasar sin mojarse y por raro que parezca los hilos transparentes cedieron a su empeño.
Se fue abriendo camino entre las telas etéreas y sobre la hierba espolvoreada con perlas de agua se descalzó. Trenzó algunos de los tejidos imposibles y las ató con firmes cintas de vaho. Tomó varias de las trenzas en sus manos y giró sobre sí misma hasta quedar enrollada en ellas.
En ese momento la presión hizo ceder a la columna de agua y se vió sumergida en un tubo refrescante, un géiser invertido de lluvia que revolvió su pelo pero no tocó el carmín de sus labios que bebían de él.

     Siguió en pié, estoica bajo aquella cascada de nubes y le llovieron las ropas quedando sólo tapada por el agua. Cayó al suelo cuando sus rodillas ya no podían más y rodó por el algodón de césped colina abajo, hasta unas amapolas cristalizadas por el frío.
Avergonzada por su desnudez usó los pétalos para taparse y llevada por la curiosidad se comió uno...

     Como era de esperar se sumió en el profundo sueño de la vida, despertando sobre su cuaderno con el pelo arremolinado. Tomó su lápiz y arañó el papel ávida de letras. La musa había vuelto...


Alfredo Gil Pérez 02/11/2012

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