jueves, 20 de septiembre de 2012

Paradojas de pintar el tiempo




     Tras alejarse del umbral de la puerta, y recogiendo sus faldas con la mano izquierda, avanzó sumergida en la penumbra; hasta alcanzar la pared más próxima.
A tientas perfiló la forma de un cuadro y se dejó llevar por el olor a roble recién cortado, que presumiblemente emanaba su marco.

     Una densa capa de polvo perturbó la poca luz que se filtraba por los cristales sucios, como una bandada de cuervos oculta la luna al huir de las campanadas de la torre de una iglesia.
Y por fin pudo separarlo de la pared con la que años de olvido, quién sabe cuantos, se habían encargado de fusionarlo.

     Apoyó la pieza en su costado y, con los ágiles dedos de quien pasa la vida limpiando, desató su delantal, se rascó la cabeza a través de la cofia, y arrastró la obra con todas sus fuerzas hasta el ventanal de la pared contigua. Era una sombra muy pesada...

     Con su delantal limpió todo lo que pudo los cristales y, tras pararse a observar su trabajo, chasqueó la lengua con insatisfacción al valorar el penoso resultado.
Giró sobre sí misma y casi gritó de nerviosismo al descubrir que lo que representaba aquél cuadro, antes una sombra, era la perfecta fotografía del momento en que limpiaba los ventanales.
Incluso el cuadro aparecía reflejado en la imagen. Y en él se repetía una y otra vez la escena decreciendo en escala.

     -¡Es perfecto! -se dijo con su suave voz al tiempo que se desnudaba y se fundía con el lienzo, volviendo a la última vez que había limpiado aquella habitación y escapando así del momento en el que tendría que dejar de ver a la señorita Lange.

     Cuando la buscaron sólo encontraron sus ropas, unos cristales limpios, un cuadro en sombras y el penetrante olor a roble recién cortado que flotaba en la habitación.

Alfredo Gil Pérez 20/09/2012

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