miércoles, 22 de agosto de 2012

La muerte y el mendigo




     Vivía bajo las escaleras que unían Ciudad Baja y Ciudad Alta, con su plancha de cartón y su colchón. Estaba inmerso en ambas pero no podía estar más alejado. Era ya un fantasma mucho antes de aquella noche, la gente pasaba a su lado sin inmutarse y el vino era el incienso que lo llevaba a encontrar su tumba en la espuma sucia.

     Llegado el momento en que a la muerte le pareció ir a buscarlo se reunió con él junto a el sueñoducto que no era más que el nombre que aquel señor daba a las escaleras bajo las que vivía haciendo referencia al vaivén de personas soñadoras.
Sonaron las campanas para marcar alguna y media del ocaso con su metálico e impersonal gruñido. Ausente y mirando al cielo el caballero de muchos agujeros saludó a la muerte y le tendió su mano, abrigándose con sus pocas mantas y con una agradable sonrisa.

-¿No me tienes miedo? -se extrañó la muerte, acostumbrada a ruegos y a súplicas de clemencia; incluso cuando su visita había sido programada con la debida antelación.

-¿Debería? -preguntó el aún más extrañado cliente forzado.

-Todos suplican a sus dioses, tienen epifanías de su existencia, lloran o se arrepienten de lo que han hecho. También los hay que recuerdan a sus seres cercanos o se preocupan por no haber pagado la luz antes de partir... pero nunca en mi larga carrera he encontrado a alguien que se suma en el vacío y sonría expectante a mi visita. ¿Sabes quién soy?

-Claro. Lo que pasa es que yo no soy como los demás, yo he tenido todo el tiempo del mundo para soñar bajo mi sueñoducto y he llegado a la conclusión más reveladora justo sobre este colchón.

-Explícate -exigió la muerte.

-Se con certeza que volveré a la vida.

-¿Disculpa? -la pobre seguía sin entender.

-Verás, no se si hay dioses, ni si hay algo tras tu abrazo huesudo y frío. Tal vez no parezca tener muchas luces aquí junto mi vino, pero no me malinterpretes, amiga; se perfectamente que mi vida ha sido algo fortuito y maravilloso, que probablemente me apague y quede ahí todo. Pero si en todo el vacío desolador del universo he llegado a ser consciente y sentir todos y cada uno de mis días y noches, estoy seguro de que volveré a encenderme espontáneamente en el vacío antes o después. Al no sentirlo para mí será acto seguido a esta existencia, y aunque no fuera así cada vida que chisporrotea al nacer es tan yo como yo, pues marca las sendas que pude o no haber tomado, las ofertas que nunca me llegaron y los fracasos que sobraron en el camino. -La muerte se limitó a asentir, tomar de la mano a su viajero, segar su alma y partir volando etérea entre las nubes.
Puede que aquél no fuese un erudito o un teólogo, pero su visión no dejaba de hacer cabriolas por la cabeza de la muerte, porque a pesar de ser la encargada de ayudar a dar el paso la pobre tampoco conocía el secreto de la nada o el todo tras la vida.

Alfredo Gil Pérez 22/08/2012

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