sábado, 28 de julio de 2012

La guerra de nadie





     Hubo una vez, hace no mucho tiempo, dos naciones que destruidas tras siglos de guerra y rencores pactaron la tregua más larga jamás firmada.
Tan larga fue aquella tregua que sus gentes comprendieron que antes de ser naciones eran personas, fue tan duradera que empezaron a confundir quién era de donde y de quién era cada lugar. Olvidaron sus colores y los mezclaron, comieron en la misma mesa, fusionaron su dominio de las lenguas, sus historias, sus culturas... y compartieron sueños con aires de mejorar.

     Tal vez fuera por eso, tal vez se deba a que miraron juntos al futuro, el que acabada la tregua, con sus reyes tras los cañones y las mechas preparadas, no hubiese infantería, no hubieran herramientas para la guerra o la tortura, ni gente que engrosara sus ejércitos.
La situación era tan terriblemente pacífica para un conflicto entre monarcas, que aquello les hizo reflexionar y les llevo a entender que, a pesar de sus coronas puntiagudas, de sus cetros de mando o sus pretensiosas costumbres; lo que formaba una nación no eran ellos, sino su pueblo.

     Un rey abofeteó al otro en un arranque de furia y rodaron colina abajo como niños malcriados mientras el mundo seguía girando.

Alfredo Gil Pérez 28/07/2012


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