sábado, 30 de junio de 2012

Lo que dejamos de ver



     Tras sus apuntes garabateados y las gafas de pasta moradas, los ojos del psicólogo fingían estar atentos, junto con los oídos, a cómo el niño, risueño y rubio, relataba sobre el diván sus aventuras con Ben (su amigo imaginario).
Llevaban días de terapia y no parecían avanzar. Los padres del niño se estaban impacientando, aunque desde su punto de vista profesional no había nada extraño en aquel tipo de comportamiento sobre esas edades...
La imaginación del niño era increíblemente detallada, y era coherente con sus relatos y el hilo conductor de todos ellos. 
Necesitaría sacar la artillería pesada para forzar a madurar a ese pequeño. Le dolía, sí... pero a fin de cuentas por algo le pagaban... 
Suspiró y preparó la desgarradora pregunta tras sus labios.

     -Bueno Arthur, ¿y cómo explicas que los demás no podamos ver a Ben? -para su sorpresa, lejos de bloquearse u horrorizarse, el pequeño sonrió.

     -Pues verá... en realidad lo que pasa con los amigos invisibles es que son como los vampiros y nuestro mundo como un espejo. ¡Están ahí!, pero si no eres capaz de mirar a lo que se refleja y no al reflejo, jamás los verás.

     Por un momento pudo ver a otro pequeño sonriendo apoyado en el respaldo del diván. Vio como Arthur sonreía en su dirección y el vello de su nuca se erizó...
Había algo que decidió olvidar en su paso a la madurez, y aquel pequeño había destruido de un mazazo su cárcel de espejos... 
¡Que poderosa es la imaginación y como nos empeñamos en marchitarla! (sus sueños le acariciaron la mejilla y una lágrima suicida saltó de sus ojos al vacío)

Alfredo Gil Pérez 30/06/2012

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