miércoles, 6 de junio de 2012

Amidia de los árboles



     Cuenta una leyenda ya olvidada, que un día alguien escribiera en la arena, la historia de Amidia; la dama de la laurisilva, la reina de nuestros árboles. 
Y es justo esa la que os voy a narrar, como hicieron ya muchos antes que yo.

     Hace más de lo que cualquier árbol vivo pueda recordar, los primeros hombres llegaron a estas tierras abrazadas por el Atlántico y abrasadas por el fuego; construidas por las rocas y rozadas por el viento. Al fin y al cabo tierra, fértil y oscura en la que labrar sus campos para alimentar a sus hijos.

     En un principio la relación entre el ser humano y la naturaleza, que se había forjado entre las lavas, era cordial. Cada uno le daba al otro lo que necesitaba y respetaban los márgenes delimitados por las negociaciones del fuego, que arrasaba alguna que otra zona para divertirse. 
Pero con el tiempo la avaricia del hombre le llevó a expandir sus tierras más allá de lo que estaba escrito en las cenizas. Y lo que tenía que ocurrir sucedió. Caída la siguiente luna llena tras la muerte de uno de los árboles más ancianos, de entre el follaje surgieron toda suerte de duendes, genios, tibicenas y demás seres que tienen su hogar en el corazón del bosque.
Cantando en una procesión mágica que solo podía ser escuchada por los más pequeños se pasearon por todas las aldeas, incluso por las capitales.
Los niños, hechizados por la hermosa música, se levantaron de sus camas sin hacer el menor ruido y siguieron a la comitiva hasta alcanzar un lugar sagrado oculto en lo más profundo del mar verde esmeralda, donde quedaron al cuidado de aquellos misteriosos seres.


     Al alba, los primero llantos de padres sin hijos rompieron el silencio de las aldeas, y los jefes se reunieron en una asamblea urgente; conscientes de que algo así solo podía ser fruto del poder más antiguo que habitaba las islas.
Con su corazón herido, hombres y mujeres se adentraron armados en el bosque, hasta más allá de donde la luz se vuelve verde y llueve agua de las hojas.
Buscaron y buscaron, pero por más que daban vueltas, por más que peinaran el bosque, no conseguían resultados. Parecía que los pequeños se hubiesen evaporado. Y fue ahí que Abián, uno de los más destacados jefes, tuvo una idea. Reunió a todos en un claro del bosque y les comunicó que, tal vez, si dejaban atrás las armas, si volvían a sus casas, uno de ellos podría dialogar con el bosque y llegar a un acuerdo.

     Muchos fueron los que estaban a favor y otros tantos en su contra, aterrorizados ante la idea de poder ser elegidos como diplomáticos suicidas.
Uno de esos temerosos animó a que fuera el propio Abián quien mediara por ellos y ante el alivio de no salir elegidos todos corearon un sí rotundo.

     Tras separarse del gentío y deambular perdido por el bosque, a la espera de que su plan funcionara y algo le hablara, nuestro protagonista se vio sorprendido por un fogonazo azul en una gruta cercana.
No tardó en adentrarse en ella, y una vez allí una maraña de plantas creció hasta bloquear la entrada y dejarlo sumido solo en la más absoluta oscuridad. Bueno... solo exactamente no. Había alguien más en aquella oscuridad, o mejor dicho algo... con unos astutos ojos amarillos con luz propia, que era toda la que había allí.

     Tras horas de debate y disculpas llegaron a un doloroso acuerdo, todos los pequeños volverían a su hogar. Todos menos uno que sería el recordatorio de aquél nuevo pacto y el abuso al que había sido sometido el bosque.
Y así Amidia, hija de Abián, se coronó reina de la foresta. Su tiempo para morir hace ya siglos que ha pasado, pero el bosque, incapaz de despedirse de su pequeña, prolonga eternamente sus días mientras ella media por nosotros con los árboles.
Pero hay que tener cuidado, hace mucho que pasamos la frontera que marcaban las cenizas, ya nadie respeta a los ancianos durmientes. Y uno nunca sabe hasta dónde puede contenerse el bosque, o si Amidia será lo suficientemente ingeniosa para calmarlo...

Alfredo Gil Pérez 06/06/2012


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