miércoles, 18 de abril de 2012

Atlantis





     Vivo en la Atlántida del cemento, donde en el hormigón armado dibujan griegos, donde las tecnologías del pasado se tornaron políticos no muy legos y el cataclismo no es intencionado, sino tan inocente que, por no saber, ni conciencia de este paraíso tenemos.
Ciudades donde los famosos muelles desembarcan tesoros de metal con óxido y no oro, para la tierra donde el mineral escasea. Ya no es lingote sino moneda lo que su gente anhela, y las ninfas que las distinguieran ocultan la cara al ver los tiempos que vaticina la Casandra del sentido común, a quien escupió el silencio.

     Bajo el sol brillan los isleños, que a su ritmo y con la sonrisa que les caracteriza marcan el compás del tic-tac del día y el quehacer del trabajo, que es otro bien preciado, escurridizo y caprichoso; tanto, que les hace ir a pescarlo más allá del Titán Océano si quieren algo que llevar a la boca.

     Todos los pedazos de una isla que la leyenda tornó en ocho (nueve con uno errante que reniega de su nombre y se hace llamar Borondón) se dividen aún más por saber quien partió más grande y fuerte, cuando sus gentes se aferran a ocho peñas ardiendo, con cubos para apagarse, pero a las que les falta un don preciado que olvidamos darles

Cerebro.

¿Dónde quedará lo bueno?

Alfredo Gil Pérez 18/04/2012



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