martes, 6 de marzo de 2012

Eufemismos


   


     Eufemio era un niño que veía y olía el mundo; lo palpaba y degustaba, lo hablaba con cariño de un oriundo, pero por más que lo intentara, aguzando bien su oído, era incapaz de distinguir lo que marcaba allí el sonido.
Él no escuchaba la música, la sentía vibrar. Tampoco hacía caso al silbato de los trenes, pero los veía pasar, en su distraído traqueteo por los valles de papeles.

     Le gustaba imaginar cómo de confusa podía ser la vida de la gente que tenía que descifrar otro más de sus sentidos, y por tanto descuidaban a los otros cuatro amigos.
Un día llegó a sus manos, una nota muy secreta que envió la secretaria, encargada de la escuela. Jugando a los espías la abrió, esperando alguna treta que el enemigo trazara para ganar así la guerra. Sorprendido allí leyó una nueva palabreja, impedido, lo llamaban, disminuido en otras letras, no le dio más importancia, en código estaba la queja.

     Con el tiempo las palabrejas se fueron poniendo de moda, porque pasaron los años y las repeticiones no fueron pocas. Las pudo leer en subtítulos de películas variopintas, en artículos de prensa y comentarios de revista, en los labios de la gente y en su secreta lengua de signos. Incluso las vio en los trenes, que avanzaban graciosamente, cambiando entre los andenes.

     Tan disminuido se sintió, se sintió tan impedido que lo engulló un mar de rabia y un gran torrente de ira. Necesitó abrir la boca y gritar a cuatro esquinas, que lo que él era , era sordo. Que no era de vergüenza y que si querían minar a alguien su amor propio empezaran por sí mismos, disminuidos de los ruidos, impedidos esclavos del retumbar de un mundo que él, cuando lo quería, podía apagar poniendo en off el pinganillo que se escondía, sigiloso, tras su orejilla.

Alfredo Gil Pérez 06/03/2012



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