viernes, 30 de marzo de 2012

El bar del hiperrealismo





     En ese momento llevó la taza de café a sus carnosos labios de un carmín indiscutible, sorbiendo poco a poco la energía para afrontar el largo día que tendría por delante.
Sus ojos, de un verde desesperado, daban la sensación de seguir un partido de tenis mientras leía los resumidos anuncios de la sección de inmobiliaria. Sus dedos se deslizaban por el sucio papel del periódico y lo hacían parecer de un tacto de seda. Por su parte, el pelo permanecía intacto, como esculpido sobre algún tipo de piedra color caoba.
Sumida en la rutina que religiosamente cumplía era incapaz de ver como el hombre que estaba apoyado en mi, como cada mañana, recorría su figura con ojos tímidos y el temblor en la mano propio de quien duda si saltarse toda convención y lanzarse a la piscina declarándose, o seguir permaneciendo inmóvil, disfrutar en su sigilo como quien contempla el arte y esperar a que otro se lleve la pieza por la que su cobardía le impide pujar.
<<¿Pieza? ¡¿Pujar?!>> Imagino que piensa al tiempo que esconde abochornado su rostro tras unas fuertes manos.

     La camarera, que secretamente me ha confesado una y otra vez su amor platónico a ese hombre cuando rellena copas, pasa temblorosa sus cabellos azabache tras la oreja izquierda, y muerde su labio inferior, nerviosa, al tiempo que sirve más café a su Romeo sin noticias de serlo.
En esta ocasión se llevará una desilusión, parece que nunca antes había caído en la alianza que adornaba la mano del galán y que ahora mueve nerviosamente sumido en sus pensamientos.
Traté de decírselo, lo juro. No me lo tengáis a mal, pero una tiene sus limitaciones.
Ella sonríe, el también lo hace, pero no consigo decidir quién tiene la sonrisa más vacía, lo anotaré para cuando me dejen sola y me aburra. Podría montar un ranking semanal, sería divertido, ¿no?

     Hoy habéis venido en un día especial, en este local de la costumbre tenemos un nuevo inquilino. Otro señor, de pelo canoso, que revela una herencia genética de nieves en la azotea o muchos problemas acumulados. No se vosotros, pero yo me decanto por la segunda opción, entre otras cosas por el ron que apura y su mirada perdida que parece barajar todas sus opciones. Su mano derecha, independiente y aburrida por la tensión que tortura al resto del cuerpo, ha decido tamborilear sobre mi, libre, al menos un poco.
Al darse cuenta, su propietario, la obliga a parar; paga con algunas monedas con más óxido que metal y se gira en dirección a la puerta por la que ha entrado.

     La señora de la esquina, esa que esta junto a los baños, es ya cliente habitual. No consigo averiguar a qué se dedica. Pero está claro que si remueve tanto la sopa no debe de tener prisa. Siempre lo hace. Pide una sopa, le añade bizcocho y espera a que se empapen y hundan en ella como el Titanic. La cuestión es que en este caso Jack no moriría congelado, sino por quemaduras de tercer grado. Que injusto es el mundo...
También creo que tiene alma de cotilla, parece que está a lo suyo, pero en más de una ocasión juraría que la he visto sonreír cuando los ocupantes de alguna mesa vecina hacían un comentario gracioso.
Lo sé, lo sé... yo también soy una cotilla... y un poco cotorra. Pero, ¿qué queréis que haga? Me aburro soberanamente y lo mejor que me pasa es que me limpien de vez en cuando para evitar que algún cliente se quede pegado (y no como les interesa), o que los inspectores de sanidad nos cierren el chiringuito.

     Ha sido un placer hablar con semejantes comensales, lástima que no mucha gente se pare a escucharme, seguro que el mundo sería un lugar mejor si se pararan a conversar con nosotras. Somos trabajadoras natas, un apoyo fundamental en esta sociedad y serviciales como nadie.
Ya quisiera yo que algún político se sentara por aquí para darle más de una lección... En fin, no os entretengo más, que veo que lleváis prisa. Y recordad... no es divertido que te lancen la propina a la cabeza y te den un manotazo... Si un día os aburrís ya sabéis dónde encontrarme. Me llamo Barra, Barra del Bar.

Alfredo Gil Pérez 30/03/2012



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