viernes, 24 de febrero de 2012

Migración





     Luz, sombra, luz, sombra, luz... Uno a uno los túneles se iban sucediendo mientras el coche avanzaba por la zigzagueante carretera. La boca de cada uno era una promesa, la promesa de descubrir un nuevo paisaje y la magia del otro lado de la montaña, por la que reptaban como gusanos por la manzana de Blancanieves.
El bosque realizaba fielmente su aparición al final de cada tramo de tubería de cemento armado para coches, en una cálida despedida a Ruth, la niña del campo que bajaría a la ciudad, la eterna Caperucita Roja que encontraría más lobos entre los rascacielos que en el sombrío bosque; en una época donde lo salvaje se trasladó a la aldea y la inocencia se oculta entre el verde follaje tratando de pasar la tormenta.

     Tal vez se la coman antes de dar dos pasos, tal vez su corazón se vuelva tan frío y duro, en apariencia, que consiga la paz necesaria; pero sus tiernos ojos verdes, ajenos a lo que espera tras la muralla natural, no pueden evitar la emoción por lo nuevo y la esperanza de estar a la altura de una sociedad de ensueño, con más medios y a sus ojos mejor que la que dejó atrás antes de subir al alargado gusano de... más de cuatro ruedas. Sólo espero que en este caso no se escriba una tragedia y su cuento sea de los que dejan buen sabor de boca antes de irnos a dormir.

Alfredo Gil Pérez 24/02/2012



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