miércoles, 22 de febrero de 2012

Danza de balas






     Justo en aquél momento otra bomba resonaba como el eco de algún enfurecido dios en la lejanía. Los cimientos de mi casa se estremecían de miedo y las lágrimas de impotencia manaban de mis ojos sin remedio. Me encogía bajo aquella vieja mesa espolvoreada por los escombros, mientras, tras la ventana, el cielo lloraba y el repiqueteo de las gruesas gotas en los pocos cristales intactos traía a la memoria alguna noche de noviembre, con algún grado de menos y alguna manta de más.
La oscuridad de la calle que se desdibujaba en el vapor que empañaba esas esquirlas de cristal era casi apocalíptica, el perfecto escenario para una pesadilla, pero en este caso de las peores; una en la que era consciente de la imposibilidad de un despertar que la aliviara.
Lo había intentado, llevaba dos días acostándome con la esperanza de amanecer abrigado en mi cama, pero era inútil, volvía a aparecer en aquella sangrienta fiesta de balas y bombas, aquella danza de cuchillos y gritos que evitaba en mi improvisado refugio.

     Otra explosión me sacó de mis divagaciones para arrastrarme a la realidad.
“¿Cómo habíamos llegado a aquello?”, os preguntaréis. Pero yo no tengo la respuesta, simplemente un día abrí los ojos y estaba en boca de todos el inicio de una ofensiva armada. Estaba claro que a quien quiera que dirigiese esas ofensivas no le afectaba mucho la arrolladora destrucción que dejaba a su paso pueblo tras pueblo, ciudad tras ciudad.
Las noticias volaban, como lo hacían los bombarderos, pero éstas en los labios y los desolados ojos de aquéllos que habían sobrevivido al naufragio de sus hogares en un mar de lágrimas. Aquéllos, que buscaban refugio en las zonas vecinas cruzando los dedos y pidiendo a lo que fuera que pudiera ayudarlos que aquél pueblo no estuviera en la lista de objetivos a derribar de las terribles aves de metal.

     Hace tres días exactamente, justo la noche anterior a que la primera explosión se dejara escuchar por las inmediaciones, yo ya lo sabía. Había abierto mi humilde ventana para escudriñar el cielo y, como si se tratara de una tierna despedida, las estrellas se dejaron ver refulgentes, desafiando la intensidad de la luz de nuestra ciudad. El viento amainó hasta ser una suave caricia en mi rostro y una enorme luna llena se dejaba ver como la tranquilizadora faz de una madre que quisiera ahogar el llanto de su hijo. Fue en ese momento cuando el vello de mi nuca se erizó y fui consciente de que, para mi desgracia, sería testigo de cómo esas aves de rapiña eliminaban otro objetivo sin razón aparente.

     Es así la incertidumbre de una muerte que danza a las puertas de tu casa, dudando entre aceptar la invitación a pasar que ha imaginado escuchar de tus labios y seguir visitando a tus vecinos. Es así de duro ver como una a una, las cosas que formaban parte de tu realidad, se evaporan pasto de las llamas y llevadas por el humo, un humo de recuerdos, con suerte, fosilizados en la mente de algún superviviente. Así de caras son las guerras y sin embargo con qué facilidad nos abalanzamos a ellas como una jauría enloquecida por el elemental impulso de un falsa sensación de razón orgullosa y altanera.


Alfredo Gil Pérez 22/02/2012


No hay comentarios:

Publicar un comentario