domingo, 29 de enero de 2012

Mi pequeño gran teatro







     Bailo en mi escenario particular, donde los focos me alumbran y el único público que se deleita soy yo mismo. Allí donde soy (y somos cada uno en su propio escenario) el rey y el plebeyo, el bueno y en malo, el feo, el alto; arresto y condeno, sufro penitencias y celebro las glorias de una obra en la que a fin de cuentas escribo mi propio guión.

     Siendo dueño de la pluma, ¿puedo acaso culpar a otros por la mediocridad o falta de vitalidad de la escena? En mi teatro personal no importan los abucheos o vítores, el frío que haga fuera o el sol que entre por sus ventanas, porque el brillo es artificial y el actor sordo cuando se encienden las luces de sala y se pone en marcha la maquinaria encargada de abrir el telón. 
El vestuario es acorde al estado de ánimo y el hecho de que sea una tragedia o una comedia depende completamente de mí.

     En ese teatro hay un orificio por donde el mundo se asoma sin pagar entrada, sin invitación y valora la obra sin apenas escucharla, viendo un resquicio de la escena e imaginando el resto de papeles que se representan... pero tampoco puedo juzgarlo porque también es ese pequeño orificio el que me limita a la hora de observarlo e interactuar con él.

     Ojalá pudiera abrir de par en par las puertas de mi teatro, ojalá sacar la escena a la plaza mayor y reclutar a tantos actores como papeles, pero los candados de las limitaciones atrancan las puertas y lo mejor que podemos hacer es ingeniárnoslas para pasar guiones por ese pequeño orificio y desear que el decorado que imaginen los directores de futuras representaciones, sea lo más parecido al que nos rodeaba en el primer estreno. 
De no ser así siempre podemos cambiar la máscara y darle algo de color a la situación con una sonrisa. Al fin y al cabo, ¿no es el teatro fantasía?

Alfredo Gil Pérez 29/01/2012




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