miércoles, 4 de enero de 2012

Las Palmas de Gran Canaria


       Pasan las horas y doran las calles los rayos del sol que acarician el día. Pasan las horas y las lágrimas de nube dan de beber a las flores tardías. Entre las hojas una oruga que ora pupa ora mariposa exhibe radiante sus colores como reina de un carnaval isleño. Los pájaros alzan el vuelo y con una sinfonía mezcla del jazz y las campanas de la catedral, danzan en círculos sobre las planas azoteas capitalinas.

     Bajo el baño de luz dorada una niña, que ni se llama Dora ni adora a ningún dios de civilización tardía. Inocente corre tras las palomas y grita, y sonríe, y ríe, y salta, y juega, y baila, mientras sus padres le hacen fiesta con las palmas y la mirada perdida de quien siente el orgullo de contribuir a la vida.

      Al otro lado de la plaza, custodiada por ocho robustos perros de bronce, un anciano se sienta solo en el banco, mirando el vacío y con la mano apoyada donde no hará mucho solía estar su compañera de vida, “ella ya partió” se lamenta, pero al cruzar su mirada con la escena de la niña un alud de recuerdos de una época dorada anterior lo inmersiona en las aguas de la alegría y la nostalgia.


      Alfredo Gil Pérez 2011

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