jueves, 24 de mayo de 2018

Iniciación a la muerte del alma

        El paisaje estaba dormido. La brisa acunaba la hierba de aquel prado infinito y el mar rugía a los pies del acantilado desde el que arrancaba aquella alfombra esmeralda espolvoreada de rocío. 

        Su pecho comenzó a palpitar y los ojos de las estrellas se abrieron curiosos, deseosos de saber qué ocultaban aquellas telas. El susurro de la luna llena le obligó a recostarse y la presión comenzó a amenazar con agrietar su maltrecho cuerpo y partirlo en dos. 

        Desgarró sus ropas suplicando clemencia mientras con los dedos ardiendo con una luz plateada clavó las uñas en su esternón. Lloró canciones vetustas mientras el nivel del mar subía rápidamente movido por la morbosidad del océano.

        Pero para cuando el Atlántico había alcanzado la cima del muro de rocas basálticas el milagro ya se estaba obrando. Movido por una súplica iracunda que brotaba del interior de su pecho había liberado sus costillas como un par de alas descarnadas y de su interior brotaba una nube iridiscente que se abalanzaba desesperada al exterior tratando de escapar antes de que alguien pudiera verla desnuda y perdida. El océano se desparramó desde el borde y la nube fue a su encuentro. Se fundieron en un torbellino de colores donde los peces nadaban y las medusas flotaban ajenos a todo lo demás. Los únicos sonidos de la noche eran el del agua girando sobre si misma y el sollozo de unas gaviotas.

        Su cuerpo vacío alzó el vuelo, por fin liberado de la presión del delirio y la fantasía, aleteando con sus costillas. Al fin había saciado sus ganas de madurez y normalidad. Al fin se había transformado en otro despojo desdichado que sobrevolaría el mundo con una mirada suplicante por no haber sabido guardar su hálito de frescura. El mar volvía a llevarse consigo lo que un día parió en los ojos de aquel nuevo adulto adusto y caduco. Porque sus besos eran de otros brazos y su tiempo era de otro ritmo que no debía mezclarse con las muchas mundanas cosas.


Alfredo Gil Pérez 24/05/2018

jueves, 1 de marzo de 2018

Alquimia trascendental

La sala estaba repleta de botes, jarras y vasijas esmaltadas en colores vivos. En el centro, calentándose, estaba el alambique cobrizo seguido de un entramado de serpentinas y decantadores imposible que había dispuesto con cuidado el viejo Nasser. Los vapores golpearon el rostro de su alumno que sonrió al verlo acomodado sobre una alfombra sepultada por cojines, tirando de su cachimba azul profundo. - ¿Qué hacéis maestro? No recuerdo que hoy tocara fabricación. - le preguntó casi divertido Nadir.
- esta es una investigación personal pequeño, nada producido para complacer a nadie más que a mi curiosidad - respondió el anciano exhalando un vapor rosáceo mientras hablaba. Nadil, azorado, iba a girar sobre sus talones cuando su maestro hizo un gesto para que se acomodara entre los mullidos cojines. Contempló la sala evitando el silencio incómodo mientras reunía el valor para preguntarle qué investigaba. - nada relevante, estoy destilando el sentido de la vida. - el alumno abrió los ojos, perplejo y centró la vista en aquel alambique de cobre descolchado. No era la primera vez que Nasser obraba milagros así que se mantuvo inexistente por miedo a que lo echara de la sala. Una de las válvulas gritó con un chorro de vapor anaranjado y pronto, por las serpentinas de cristal, comenzó a fluir un humo que al condensarse producía un líquido verduzco, luego volvía a evaporarse y en el siguiente recipiente cambiaba de color. El proceso duró lo que para Nadir fue una eternidad y al llegar al final del entramado el maestro giró el grifo para liberar el producto. Tímidamente una sustancia gelatinosa de color púrpura asomó por la boquilla. Desplegó unas alas azul turquesa y mostró un rostro verde esmeralda con unas facciones maravillosas, se liberó del grifo y emprendió el vuelo por la sala dejando una estela de un fino polvo de cristales iridiscentes. Nadir estaba boquiabierto mientras la criatura desarrollaba plumaje, cantaba una delicada sinfonía y continuaba rodeándolos. Su maestro exhaló una nube de vapor en su dirección y al dispersarse, la criatura maravillosa se había desvanecido dejando su recuerdo. Nasser sonrió satisfecho y se acomodó entre los cojines meditabundo.
-No lo entiendo maestro, ¿Qué significa todo esto? -el anciano terminó de exhalar otra calada con paciencia y un gesto grave.
- ¿Eso es lo que has aprendido de mí? Debo ser un maestro horrible. nunca aprenderás nada si sólo tragas conceptos ya mascados Nadir. Me avergüenzas. - y se limitó a mirar al techo distraído donde todavía se podía distinguir el brillo de algunos cristales adheridos a la piedra gris. Aquel maldito vejestorio conocía la respuesta y se la llevaría a la tumba.


Alfredo Gil Pérez 01/03/2018

martes, 6 de febrero de 2018

Fauna sentimental

Sus pisadas hacían crujir la nieve bajo aquellas patas negro azabache con un sonido suave, como si los copos apelmazados le susurraran cosas incomprensibles a sus almohadillas frías. Se agazapó paciente y no tuvo que esperar mucho antes de que una liebre blanca, distraída con las estrellas fugaces que bañaban el cielo se acercase en su dirección. Tensó los músculos en medio de aquel océano glacial, aguantó la posición, guardó el aliento por miedo a que el vaho que manaba de su boca sobre la lengua rosa colgante lo delatara y cuando llegó el momento marcado por un último batir tranquilo de su corazón de lobo se abalanzó desgarrando la capa lisa que les separaba. 

La liebre continuó mirando al cielo, anhelante y olvidó sentir dolor cuando los colmillos perforaron su cuello con un crujido. Sumisa, admiró aún más aquellas luciérnagas espaciales que surcaban lo alto indiferentes y un hilo de sangre rojo grana manchó el suelo. El lobo era una pupila, la liebre su brillo y el rojo una veta que adornaba el inmenso ojo que conformaba el campo nevado observando el cielo como la liebre. Un omnipresente demiurgo que no podía moldear nada, un sujeto pasivo e impotente como aquel animalillo que había conocido su pequeñez al mirar al cielo y se había dejado abatir por el mundo para no sentirse ahogado en su debilidad. A veces la presa es voluntaria y aquella liebre ya había trascendido mucho antes del primer grito de advertencia de la nieve bajo las patas del lobo.

Alfredo Gil Pérez 06/02/2018

jueves, 18 de enero de 2018

Sombras silenciosas

La soga que ataba sus muñecas le arañaba la piel. Sus hebras eran secas y su tacto, aunque le dejara una sensación dolorosa, era firme y seguro. Sabía que no estaba sola porque venía tensa frente a ella y tiraba a un ritmo acompasado a la vez que ella tiraba de quien quiera que estuviera detrás al avanzar. Los sollozos esporádicos indicaban que tal vez fueran más de dos, más de tres incluso, los pobres desafortunados que la acompañaban en aquella procesión extraña. 

Sus ojos estaban vendados por una especie de gasa suave y tupida, pero la ausencia de luz le hacía pensar que de poco serviría tenerlos descubiertos. Puede que la gasa fuera sólo un símbolo o una decoración. 

No tenía muy claro por qué estaba allí. Ni siquiera sabía cómo había llegado y apenas sabía quién era ella misma. Sólo un nombre y a penas una serie de recuerdos inconexos a los que aferrarse. Si les habían suministrado alguna droga debía de ser muy potente. Pero al margen de aquella desoladora sensación de no pertenecer a ningún sitio estaba claro que existía porque se encontraba allí. Y el miedo que le hacía temblar y sollozar era el mismo miedo que le hacía sentir viva y querer huir de allí.

De su entorno apenas percibía nada. Iba descalza, así que pudo imaginar que lo que notaban las plantas de sus pies era algún tipo de tierra apisonada con algún que otro guijarro. La humedad del aire y el sonido de alguna gota le hacían pensar en una caverna, pero lo que estaba claro es que no estaba al aire libre. De repente la parte delantera de la cuerda tiró de ella con violencia hacia el suelo. Alguien había caído y como fichas de dominó uno a uno fueron cayendo al suelo. Notó otros pies andar cerca de donde había tocado tierra su cabeza dolorida. Había más filas, al menos otra más, de gentes silenciosas que avanzaban. ¿Sabrían ellos dónde estaban? ¿A dónde iban o de dónde venían? Trató de hablarles, pero como con sus compañeros anteriormente sólo obtuvo el sonido sordo de los pies pisando abandonados a su suerte. La cuerda volvió a tirar de ella, esta vez para levantarse y al rozar su cara con la persona que le precedía su venda se desprendió ligeramente dejándola ver por el ojo izquierdo. Todo estaba a oscuras, aunque el vaho brillaba ligeramente al salir desprendido de las bocas de los caminantes silenciosos. 

Había cientos, si no miles de girones etéreos de vaho que ascendían. No había sólo una fila a su lado, parecía que las filas se extendían hasta donde alcanzaba el tenue reflejo del vaho. Todos silenciosos, todos avanzando sin cuestionarse nada y aceptando el movimiento de aquella extraña soga. Miró al frente, buscando el punto donde todo aquello iba a parar. Oteó la oscuridad con todas sus fuerzas y deseó desesperadamente encontrarle sentido a lo que veía.

A modo de respuesta una luz blanquecina se coló por algún orificio a lo lejos y por un instante lo vio. Todas las sogas se estaban hilando en una rueca colosal para crear una cuerda más grande. Dándole vueltas a la rueca había una figura desgarbada, de la que solo distinguió una cara afilada con la cuenca derecha de sus ojos vacía y la izquierda repleta por un ojo con un iris amarillo que se fijó repentinamente en ella. La figura elevó lo que parecían unas tijeras y le sonrió. Era extraño, pero en aquel iris descomunal sintió el mismo deseo desesperado por vivir que notaba en su interior. Y al cerrarse con un ruido ensordecedor las hojas de aquel utensilio cortando el aire se levantó sudando en su cama. El reloj marcaba las 05:20 y otro día tiraba de ella inexorablemente hacia la rueca.


Alfredo Gil Pérez 18/01/2018

lunes, 27 de noviembre de 2017

Microrrelatos fúnebres

(La abuela Rosa)
A la abuela Rosa le gustaba el color rosa, el sirope de rosas y en las noches elegantes usaba Sa Majesté La Rose para no desentonar. Así que no me extrañó nada que cuando se zambulló en ese sueño profundo del que no pueden hacernos emerger una cálida borboniana adornara su regazo. A veces la muerte es una romántica empedernida muy poco original.

(El abuelo)
Siempre he sido un poco especial, ya me lo dijo una vez mi abuelo. Cuando alguien mira una calle abarrotada solía decirme muy serio ve a la gente ir y venir sumida en sus pensamientos. Yo, al contrario que todo el mundo, los veo tal y como son. De la forma más cruda y desnuda. Pero hoy es la primera vez que veo a mi abuelo tal y como es. Llevo toda la mañana sin poder dejar de mirarlo. Le devuelvo la misma sonrisa bobalicona mientras se me escapan las lágrimas y mi madre me pregunta. Pero ¿cómo le explico que después de doce años el abuelo ha vuelto para demostrarme que en realidad era un monstruo?

(Silencio)
Hoy hace frío, pero no un frío de esos secos, ni uno de los que calan hasta los huesos. Hoy el frío no se puede encerrar en el exterior cerrando la ventana y encendiendo el radiador. Porque hoy se me ha helado el alma y aunque noto mi respiración no me noto el pulso. Tal vez alguien haya olvidado darme cuerda esta mañana.

(El mar)
El mar está tranquilo. Las olas pasan tan mansas sobre mi cabeza que casi parecen querer arrullarme. Siempre me ha gustado el olor a sal y esta humedad con rayos de sol y destellos de luna. Después de todo, este no es tan mal lugar para descansar. Qué suerte que no se me cerraran los ojos para poder ver cómo flota el tiempo.

(Oficinista)
Hoy se me ha agotado el horario. Día 27/11/2018 y no me quedan tareas pendientes. Ya no habrá más post-it, ni cafés apresurados, ni artículos, ni cálculos Este médico es un hacha, tengo que recomendar las pastillas que me recetó. Por fin el calendario está en blanco y a partir de ahora los días primeros y el último de cada mes se fundirán en este estado de quietud. Pero ¿le habré dado de comer al gato antes de irme de vacaciones para siempre?

(Suicida)

¿Sabes cuando llegas derrotado a la cama y ya sólo quieres cerrar los ojos para dejar vencer el pulso al cansancio? Pues fue algo así, sólo que tienes que cambiar la cama por una soga muy alta y el cansancio por aquellas voces que no dejaban de repetirme que era una buena idea.

27/11/2018 Alfredo Gil Pérez

domingo, 20 de agosto de 2017

Marioneta atemporal

        Notó un cosquilleo extraño bajo su piel. Una especie de hormigueo eléctrico exigente que la apremiaba a caminar más deprisa. Elevó su muñeca izquierda y se acercó a sus iris color ámbar la pequeña luna vidriada de su reloj. Todo parecía en orden. Marcaba la hora con su diligente tic-tac que por un momento ensordeció el barullo de la abarrotada ciudad. Pero cuando iba a dejar que su brazo se suicidase inerte para volver a colgar graciosamente mientras se afanaba por llegar al trabajo, distinguió unos filamentos diminutos que partían de cada número grabado en el reloj y llegaban a sus extremidades con el más absoluto sigilo. Las manecillas al pasar los hacía moverse y segundo a segundo, minuto a minuto, su cuerpo se convulsionaba frenético para continuar sus tareas.

        Ahogó un grito nervioso y alzó la mirada con los ojos abiertos de par en par. Ni siquiera se atrevía a respirar. La luz matinal que se derramaba sobre la calle hizo que por un instante fuese visible la telaraña de hilos que escupía aquella legión de relojes y que tiraba de la pobre gente contra su voluntad: niños que iban al colegio, trabajadores sumidos en el sopor de la monotonía, personas que habían olvidado a dónde iban pero aun así iban... Todos se dejaban hacer por aquella dictadura puntual.

        Abrió sus manos y agarró con rabia los hilos. Con esfuerzo los arrancó y de los puntos donde se anclaban en su piel manó el calor pegajoso de la sangre. Desató la correa y lanzó el reloj como si le quemara. En ese momento el tic-tac de todos los relojes se detuvo como el silencio de los pájaros cuando algo va muy mal. Echó a correr, pero esta vez porque quería. Esquivó los hilos que comenzaron a abalanzarse sobre ella disparados de aquí y allá queriendo recuperar su patria potestad. Y dejando caer sus pertenencias, acorralada e invisible para el resto de autómatas humanos miró al infinito azul del mar, allá dónde se fusionaba con el cielo. Echó la vista atrás y al ver que el tiempo se le echaba encima no dudó un instante antes de cerrar un ojo para focalizar su vista en la línea del horizonte y  tomarla entre sus dedos. Tiró de ella como si descolchase el hilo de un bordado. La usó para avanzar como quien escala el mar, que se había convertido en una gigantesca pared vertical llena de vida. Y cuando alcanzó la cima del cielo, con la respiración agitada, se sentó al borde de aquel acantilado azul zafiro a ver como las olas del tiempo furiosas se precipitaban contra su base exigiendo lo que era suyo. 

        Allí estaba a salvo. Allí sería eterna, lejos de las prisas y la decadencia del pasar furtivo de los años. Se armó con la línea del horizonte, creó un anzuelo con sus suspiros y se dispuso a pasar el resto de su para siempre libre pescando los recuerdos de los mortales que pudieran recordarle que seguía viva. 


20/08/2017 Alfredo Gil Pérez

lunes, 17 de octubre de 2016

Oesed

        Ahora que nadie nos escucha, deseo, condénsate en mi lengua y acaricia vaporoso mis labios. Ahora que tenemos a la intimidad prisionera y que el alma nos baila desnuda y sin tapujos mírate en nuestras cicatrices y dime que ya no las sientes. Confiésame en secreto si de verdad te son ajenas y dibújame otra vez en las nubes tus más profundos sueños.

        Ahora, deseo, que no quiero otra cosa que verte realizado, desgarra tu misterio e inúndame con tu abrasadora verdad. Dime si tu anhelo es como un dolor lacerante que te está matando por dentro o si vuelves travieso a tejer quimeras con las que pasar el tiempo.

        Ahora que no te queda mucho para modelarte en presente, cierra tus ojos ideales y siente por un instante a nuestro cuerpo maniatado por las circunstancias y sangrando las lágrimas que han de supurar de nuestras heridas abiertas si algún día fueras libre y erraras.

        Ven y muéstrate valiente. Ven y arranca con decisión al niño tembloroso que se refugia en mis entrañas muerto de frío y terror. 

        Deseo, devuélveme las alas o vuela con ellas lejos, donde ya no pueda verte. Pero no te vayas del todo, te lo ruego. Sólo finge estar ausente y espera agazapado. No me prives de la posibilidad de cumplirte.

        Deseo, ármate con tu lanza de ilusión y atraviesa el corazón de este monstruo al que llamo precaución y no es otra cosa que la desidia y la falta de coraje. 

        Si tienes ese poder, deseo, oblígame a escapar de mi celda y a correr frenético hasta el horizonte, sin importar que nunca se acerque. 

        Dame fuerzas para zambullirme en la oscuridad y nadar en su vacío sin necesidad de llenar los pulmones con bocanadas de seguridad. Y cuando el fondo se acerque, cuando no nos quede ni el recuerdo de las luces, hazme mirar atrás para llorar descubriendo el tenue brillo de todo el pasado que hemos hecho juntos. 

        No me abandones deseo, porque aunque seas traicionero es de tu mano que se pasa la vida y tu ausencia marchita las ganas y desgrana todos los quizás sobre los que apenas me mantengo en equilibrio. 

17/10/2016 Alfredo Gil Pérez

domingo, 9 de octubre de 2016

Cacería involuntaria

        Las gotas de lluvia se abalanzaban en picado sobre la encallecida piel de la ciudad. Las luces de los coches eran cálidas pero ausentes y la cuerda del arco gritaba torturada por la tensión. Un ojo cerrado, el otro fijando su objetivo entre la masa de gentes que fluía sobre el pavimento como una niebla molesta pero necesaria. Liberó primero la presión del índice, luego dejó que el movimiento de su mano al retroceder se sucediera naturalmente. 
La cuerda de pelo de caballo se precipitó lejos de su captora, la base de la flecha se dejó catapultar y la punta metálica gritó contra el aire perforando los murmullos que le dificultaban su camino. De la rama de un árbol cercano cayeron varias hojas de otoño que jugaban con la brisa y mientras proseguía la recta mortífera que le habían marcado, unas polillas jugueteaban con la luz de las farolas proyectando sombras nerviosas en todas direcciones.

        Primero notó el tacto del chaleco de cuero que cedió con facilidad a su afilado filo, seguido de una fina capa de algodón. Luego llegó el contacto de la carne erizada por el frío. En ese momento insufló su sentimiento. Dejó que toda la adrenalina y la atracción que la emponzoñaban se inyectaran como un medicamento contra la monotonía o una droga furtiva en su víctima. Las pupilas se le dilataron, o eso habría visto la flecha de haber podido. Y mientras las plumas del proyectil aún se movían nerviosas por la colisión su pulso se aceleró, las mejillas empezaron a arderle e inconscientemente humedeció los labios. Sonrió y sus ojos brillaron tan radiantes que cualquiera había podido ver los fuegos artificiales que ardían en su corazón.

         Las alas del asesino de la soledad se batieron satisfechas y en su rostro sereno se dibujó una ligera sonrisa de envidia sana. Que irónico que el hacedor de amores fuera incapaz de recibir él mismo una de sus flechas. Sólo él las puede disparar y si se disparara a sí mismo, ¿dónde quedaría la magia de la sorpresa?

Alfredo Gil Pérez 09/10/2016

sábado, 1 de octubre de 2016

Un giro de muñeca

        Su mano estaba aferrada al pomo redondo y frío de aquella extraña puerta cargada de filigranas. Si no hubiera tenido ese insidioso presentimiento ya habría descubierto lo que se escondía tras la barrera de madera oscura. Pero las dudas y el miedo eran demasiado palpables como para abalanzarse a ciegas.

        Inspiró hondo, se concentró en aquel tacto metálico e impersonal. Contó: uno, dos, tres... y giró el pomo como había hecho con tantos otros antes. Pero tenía la sensación de, por primera vez, hacerlo de verdad.

        El umbral que descubrió la hoja al girar sobre sus bisagras chirriantes y envejecidas en soledad engulló una bocanada de aire como si llevase siglos aguantando la respiración. Y lo que vio a través de él no ayudó a que recuperara el aliento.

        Donde debería haber una habitación abarrotada de horrores se extendía un frondoso bosque húmedo y anhelante. Un lugar apacible que hizo esfumarse de un plumazo a todos sus fantasmas. 

        Atravesó la puerta y antes de perderse entre el follaje echó un último vistazo a aquella barrera que había pasado de terrible a irrisoria con un simple giro de muñeca. 

        La hoja volvió a cubrir el umbral, esta vez en silencio, mientras sus pies avanzaban lejos del pasado.


01/10/2016 Alfredo Gil Pérez

lunes, 8 de agosto de 2016

La selkie

        La arena crujía bajo sus pies desnudos y el poderoso reclamo del mar le susurraba al oído poemas refrescantes que ya había olvidado. Oteó el horizonte y cogió una bocanada de aire fresco. Lo expulsó e inspiró lentamente inundando su mente con aquel melancólico olor a sal, algas y libertad. 

        Después de asegurarse de que no había nadie se desnudó dejando caer las pesadas ropas que le apretaban la piel como cadenas secas y disfrutó la caricia de la brisa marina jugueteando con su cuerpo. Escuchó el lamento de las olas y les ofreció dos regalos para consolarlas: una lágrima forjada en el dolor de los recuerdos y una sonrisa de alivio fresco. Tomó entre sus dedos el abrigo que tanto había añorado y lo acarició con mimo. Lo deslizó sobre sus hombros y se concentró en el abrazo de una piel tan suya como extraña, en un papel que hacía siglos no interpretaba por el miedo al oleaje y las circunstancias que la ataban a tierra firme. 

      Se acercó a la orilla, aquella linde entre dos mundos cargada de misterio, ausencias y silencios. Se dejó golpear por la furia de las olas que babeaban espuma. El grito del océano era potente y sus ansias no lo eran menos. Avanzó estoica como un acantilado que desafía la fuerza de aquel gigante azul, como un glaciar, constante e imperturbable. 

        Cuando el mar inundó sus pechos terminó de abrigarse. Se zambulló en su antiguo compañero y abrió los ojos a ese otro mundo que habla ahogado en sí mismo con ruidos densos y apagados. Los peces de colores parecían volar sobre los pastos de algas. La luz del sol se derramaba sobre el fondo nítida como un cristal y las piedras, las algas y la arena le devolvían la sonrisa coloreando la imagen que titilaba con el brillo de las escamas de sus moradores. Nadó deprisa, como si fuera la primera vez que lo hacía, como si descubriera la textura de las corrientes y la belleza de las cortinas de burbujas que se escapan con miedo hacia la superficie. Nadó tan rápido que agua se abría a su paso asombrada por la fuerza de sus movimientos y cuando la superficie parecía un techo lejano e infranqueable ascendió sedienta del aire y las nubes que aguardan en el cielo. Perforó la fina capa donde acaba el agua y saltó sobre las olas como una hermosa foca parda sin preocupaciones y un poco más vivas tras dejar atrás la mustia campiña que había sido su hogar.

08/08/2016 Alfredo Gil Pérez