domingo, 20 de agosto de 2017

Marioneta atemporal

        Notó un cosquilleo extraño bajo su piel. Una especie de hormigueo eléctrico exigente que la apremiaba a caminar más deprisa. Elevó su muñeca izquierda y se acercó a sus iris color ámbar la pequeña luna vidriada de su reloj. Todo parecía en orden. Marcaba la hora con su diligente tic-tac que por un momento ensordeció el barullo de la abarrotada ciudad. Pero cuando iba a dejar que su brazo se suicidase inerte para volver a colgar graciosamente mientras se afanaba por llegar al trabajo, distinguió unos filamentos diminutos que partían de cada número grabado en el reloj y llegaban a sus extremidades con el más absoluto sigilo. Las manecillas al pasar los hacía moverse y segundo a segundo, minuto a minuto, su cuerpo se convulsionaba frenético para continuar sus tareas.

        Ahogó un grito nervioso y alzó la mirada con los ojos abiertos de par en par. Ni siquiera se atrevía a respirar. La luz matinal que se derramaba sobre la calle hizo que por un instante fuese visible la telaraña de hilos que escupía aquella legión de relojes y que tiraba de la pobre gente contra su voluntad: niños que iban al colegio, trabajadores sumidos en el sopor de la monotonía, personas que habían olvidado a dónde iban pero aún así iban... Todos se dejaban hacer por aquella dictadura puntual.

        Abrió sus manos y agarró con rabia los hilos. Con esfuerzo los arrancó y de los puntos donde se anclaban en su piel manó el calor pegajoso de la sangre. Desató la correa y lanzó el reloj como si le quemara. En ese momento el tic-tac de todos los relojes se detuvo como el silencio de los pájaros cuando algo va muy mal. Echó a correr, pero esta vez porque quería. Esquivó los hilos que comenzaron a abalanzarse sobre ella disparados de aquí y allá queriendo recuperar su patria potestad. Y dejando caer sus pertenencias, acorralada e invisible para el resto de autómatas humanos miró al infinito azul del mar, allá dónde se fusionaba con el cielo. Echó la vista atrás y al ver que el tiempo se le echaba encima no dudó un instante antes de cerrar un ojo para focalizar su vista en la línea del horizonte y  tomarla entre sus dedos. Tiró de ella como si descolchase el hilo del un bordado. La usó para avanzar como quien escala el mar, que se había convertido en una gigantesca pared vertical llena de vida. Y cuando alcanzó la cima del cielo, con la respiración agitada, se sentó al borde de aquel acantilado azul zafiro a ver como las olas del tiempo furiosas se precipitaban contra su base exigiendo lo que era suyo. 

        Allí estaba a salvo. Allí sería eterna, lejos de las prisas y la decadencia del pasar furtivo de los años. Se armó con la línea del horizonte, creó un anzuelo con sus suspiros y se dispuso a pasar el resto de su para siempre libre pescando los recuerdos de los mortales que pudieran recordarle que seguía viva. 

20/08/2017 Alfredo Gil Pérez

lunes, 17 de octubre de 2016

Oesed

        Ahora que nadie nos escucha, deseo, condénsate en mi lengua y acaricia vaporoso mis labios. Ahora que tenemos a la intimidad prisionera y que el alma nos baila desnuda y sin tapujos mírate en nuestras cicatrices y dime que ya no las sientes. Confiésame en secreto si de verdad te son ajenas y dibújame otra vez en las nubes tus más profundos sueños.

        Ahora, deseo, que no quiero otra cosa que verte realizado, desgarra tu misterio e inúndame con tu abrasadora verdad. Dime si tu anhelo es como un dolor lacerante que te está matando por dentro o si vuelves travieso a tejer quimeras con las que pasar el tiempo.

        Ahora que no te queda mucho para modelarte en presente, cierra tus ojos ideales y siente por un instante a nuestro cuerpo maniatado por las circunstancias y sangrando las lágrimas que han de supurar de nuestras heridas abiertas si algún día fueras libre y erraras.

        Ven y muéstrate valiente. Ven y arranca con decisión al niño tembloroso que se refugia en mis entrañas muerto de frío y terror. 

        Deseo, devuélveme las alas o vuela con ellas lejos, donde ya no pueda verte. Pero no te vayas del todo, te lo ruego. Sólo finge estar ausente y espera agazapado. No me prives de la posibilidad de cumplirte.

        Deseo, ármate con tu lanza de ilusión y atraviesa el corazón de este monstruo al que llamo precaución y no es otra cosa que la desidia y la falta de coraje. 

        Si tienes ese poder, deseo, oblígame a escapar de mi celda y a correr frenético hasta el horizonte, sin importar que nunca se acerque. 

        Dame fuerzas para zambullirme en la oscuridad y nadar en su vacío sin necesidad de llenar los pulmones con bocanadas de seguridad. Y cuando el fondo se acerque, cuando no nos quede ni el recuerdo de las luces, hazme mirar atrás para llorar descubriendo el tenue brillo de todo el pasado que hemos hecho juntos. 

        No me abandones deseo, porque aunque seas traicionero es de tu mano que se pasa la vida y tu ausencia marchita las ganas y desgrana todos los quizás sobre los que apenas me mantengo en equilibrio. 

17/10/2016 Alfredo Gil Pérez

domingo, 9 de octubre de 2016

Cacería involuntaria

        Las gotas de lluvia se abalanzaban en picado sobre la encallecida piel de la ciudad. Las luces de los coches eran cálidas pero ausentes y la cuerda del arco gritaba torturada por la tensión. Un ojo cerrado, el otro fijando su objetivo entre la masa de gentes que fluía sobre el pavimento como una niebla molesta pero necesaria. Liberó primero la presión del índice, luego dejó que el movimiento de su mano al retroceder se sucediera naturalmente. 
La cuerda de pelo de caballo se precipitó lejos de su captora, la base de la flecha se dejó catapultar y la punta metálica gritó contra el aire perforando los murmullos que le dificultaban su camino. De la rama de un árbol cercano cayeron varias hojas de otoño que jugaban con la brisa y mientras proseguía la recta mortífera que le habían marcado, unas polillas jugueteaban con la luz de las farolas proyectando sombras nerviosas en todas direcciones.

        Primero notó el tacto del chaleco de cuero que cedió con facilidad a su afilado filo, seguido de una fina capa de algodón. Luego llegó el contacto de la carne erizada por el frío. En ese momento insufló su sentimiento. Dejó que toda la adrenalina y la atracción que la emponzoñaban se inyectaran como un medicamento contra la monotonía o una droga furtiva en su víctima. Las pupilas se le dilataron, o eso habría visto la flecha de haber podido. Y mientras las plumas del proyectil aún se movían nerviosas por la colisión su pulso se aceleró, las mejillas empezaron a arderle e inconscientemente humedeció los labios. Sonrió y sus ojos brillaron tan radiantes que cualquiera había podido ver los fuegos artificiales que ardían en su corazón.

         Las alas del asesino de la soledad se batieron satisfechas y en su rostro sereno se dibujó una ligera sonrisa de envidia sana. Que irónico que el hacedor de amores fuera incapaz de recibir él mismo una de sus flechas. Sólo él las puede disparar y si se disparara a sí mismo, ¿dónde quedaría la magia de la sorpresa?

Alfredo Gil Pérez 09/10/2016

sábado, 1 de octubre de 2016

Un giro de muñeca

        Su mano estaba aferrada al pomo redondo y frío de aquella extraña puerta cargada de filigranas. Si no hubiera tenido ese insidioso presentimiento ya habría descubierto lo que se escondía tras la barrera de madera oscura. Pero las dudas y el miedo eran demasiado palpables como para avalanzarse a ciegas.

        Inspiró hondo, se concentró en aquél tacto metálico e impersonal. Contó: uno, dos, tres... y giró el pomo como había hecho con tantos otros antes. Pero tenía la sensación de, por primera vez, hacerlo de verdad.

        El umbral que descubrió la hoja al girar sobre sus bisagras chirriantes y envejecidas en soledad engulló una bocanada de aire como si llevase siglos aguantando la respiración. Y lo que vio a través de él no ayudó a que recuperara el aliento.

        Donde debería haber una habitación abarrotada de horrores se extendía un frondoso bosque húmedo y anhelante. Un lugar apacible que hizo esfumarse de un plumazo a todos sus fantasmas. 

        Atravesó la puerta y antes de perderse entre el follaje echó un último vistazo a aquella barrera que había pasado de terrible a irrisoria con un simple giro de muñeca. 

        La hoja volvió a cubrir el umbral, esta vez en silencio, mientras sus pies avanzaban lejos del pasado.

01/10/2016 Alfredo Gil Pérez

lunes, 8 de agosto de 2016

La selkie

        La arena crujía bajo sus pies desnudos y el poderoso reclamo del mar le susurraba al oído poemas refrescantes que ya había olvidado. Oteó el horizonte y cogió una bocanada de aire fresco. Lo expulsó e inspiró lentamente inundando su mente con aquel melancólico olor a sal, algas y libertad. 

        Después de asegurarse de que no había nadie se desnudó dejando caer las pesadas ropas que le apretaban la piel como cadenas secas y disfrutó la caricia de la brisa marina jugueteando con su cuerpo. Escuchó el lamento de las olas y les ofreció dos regalos para consolarlas: una lágrima forjada en el dolor de los recuerdos y una sonrisa de alivio fresco. Tomó entre sus dedos el abrigo que tanto había añorado y lo acarició con mimo. Lo deslizó sobre sus hombros y se concentró en el abrazo de una piel tan suya como extraña, en un papel que hacía siglos no interpretaba por el miedo al oleaje y las circunstancias que la ataban a tierra firme. 

      Se acercó a la orilla, aquella linde entre dos mundos cargada de misterio, ausencias y silencios. Se dejó golpear por la furia de las olas que babeaban espuma. El grito del océano era potente y sus ansias no lo eran menos. Avanzó estoica como un acantilado que desafía la fuerza de aquel gigante azul, como un glaciar, constante e imperturbable. 

        Cuando el mar inundó sus pechos terminó de abrigarse. Se zambulló en su antiguo compañero y abrió los ojos a ese otro mundo que habla ahogado en sí mismo con ruidos densos y apagados. Los peces de colores parecían volar sobre los pastos de algas. La luz del sol se derramaba sobre el fondo nítida como un cristal y las piedras, las algas y la arena le devolvían la sonrisa coloreando la imagen que titilaba con el brillo de las escamas de sus moradores. Nadó deprisa, como si fuera la primera vez que lo hacía, como si descubriera la textura de las corrientes y la belleza de las cortinas de burbujas que se escapan con miedo hacia la superficie. Nadó tan rápido que agua se abría a su paso asombrada por la fuerza de sus movimientos y cuando la superficie parecía un techo lejano e infranqueable ascendió sedienta del aire y las nubes que aguardan en el cielo. Perforó la fina capa donde acaba el agua y saltó sobre las olas como una hermosa foca parda sin preocupaciones y un poco más vivas tras dejar atrás la mustia campiña que había sido su hogar.

08/08/2016 Alfredo Gil Pérez

lunes, 25 de abril de 2016

Pomona y Silvano

        Pomona corría por sus huertas domesticadas, empujada por un viento primaveral y furibundo que arrancaba las flores llevándose consigo la promesa de los frutos. Buscaba lo salvaje, harta de tanta sumisión. Quería encontrar el lugar donde los árboles cantan y las hiedras serpentean libres y salvajes. Pero las lindes de la huerta no parecen tener fin y cuando preguntas a los árboles han olvidado el nombre de las notas y carecen de inspiración. Se paró en seco, convocó a la fruta, se embriagó de aromas dulces y aún así seguía vacía y estéril. Las aves cantaron para consolarla pero no tenían ningún efecto en un alma eterna y agotada por la monotonía. Pomona lloró madreselvas y flores de jardín, las uvas se desprendieron maduras y cereal se secó triste en los campos labrados. Pomona bailó como las estaciones: dos pasos de invierno, uno de otoño y cinco primaveras. Imploró al cielo y siguió girando en una rueda sin aristas que los campesinos conocen bien. Llovió granizo, llegaron plagas y Pomona se dejó hacer ausente mientras los jardines se marchitaban y las hojas verdes se desprendían una a una en un goteo insidioso como el ritmo de un tambor.

        Al final, agotada, calló de rodillas y miró a su alrededor. Sólo quedaba el cuerpo mustio y retorcido de los frutales. La hierba brotaba indeleble y llovían dientes de león que traía la brisa taciturna de unas praderas olvidadas. Silvano asomó por las eras y piadoso acarició a Pomona ayudándola a levantarse. Bailaron juntos las estaciones y las huertas se abrigaron con frondosos bosques. La fruta pendía de las ramas y lo sumiso se mestizó con lo salvaje. Agotados pararon en un claro y observaron su obra. No había orden ni concierto, la luz llegaba tenue sobre la hojarasca y las piedras, antes ordenadas, se perdían en aquella inmensidad. Se aceptaron el uno al otro y satisfechos charlaron bajo las estrellas de la virtud del término medio. Habían creado un vergel con su propio concepto del cosmos. Y como el alma humana, estaba a caballo entre lo que controlamos y lo que se rebela indómito y libre. Después de milenios de labranza los árboles recordaron el ritmo de la música y en algún lugar oculto, perdido en el tiempo se habían encontrado las dos caras de una misma moneda.

         - Lo que ha creado la vida que no lo encuentre el hombre -  se dijo la diosa - Porque lo que toca pierde su música y refleja el vacío que todos ocultan en sus anhelos. - Silvano se entristeció consciente de que aquello no duraría mucho y orgulloso plantó un roble vigilante en el centro de aquél oasis de soledad y secretos. Puede que no exista la magia, pero la fuerza de algunos lugares se hace tan palpable en el imaginario que el mero hecho de adentrarnos en ellos nos empapa del latir de Pomona y Silvano. Una leyenda oculta bajo las piedras y susurrada por los remansos de agua que corren libres entre la futura madera. 

25/04/2016 Alfredo Gil Pérez

lunes, 11 de abril de 2016

Cortando flores

        Cogió una tiza blanca y ralló la negra noche. Hizo espirales, jirones, rectas y curvas hermosas. Se dibujó una puerta grande y la abrió sin mucha prosa. Se adentró en un gran camino y vio luz entre las sombras. A los lados del camino crecían preciosas rosas, que cansadas de esperar gritaban variadas cosas. - ¡Córtanos - suplicaban - y plántanos entre tu pelo! Que sin nadie que la admire una rosa no es una rosa. Y es de recibo que las cosas sean hermosas. Cuando nos arranques todas y no queden ya muchas flores recordarás que una vez tu luciste gotas rojas y tal vez tu corazón se hinche grande y valiente. Puede que vista de rojo entre las oscuras sombras. Que los pétalos de terciopelo no son cosas tontas, que las espinas se esconden y se pulen las astillas cuando ya nadie nos mira, cuando ya nadie nos toca. - la niña cogió las rosas y las trenzó en corona, se adornó la cabellera, vagó entre las tinieblas y no vio muchas más cosas. Despertó en su habitación con las pupilas veladas. Como siempre vio sólo sombras. Y aunque era ciega invidente sabía que alguna vez lució flores mimosas que le susurraron al oído. - En verdad eres hermosa.

11/04/2016 Alfredo Gil Pérez

sábado, 2 de abril de 2016

El artesano

        Con las manos denudas acarició su ego como quien acaricia un cachorrito. Lo moldeó como si fuera arcilla y torneó sus asperezas. Las curvas de una personalidad antes llena de aristas se rindieron a su saber hacer y aquel alma rebelde se volvió sumisa y sosegada. La bestia decidió dormir, oculta en sus entrañas y ese sueño encantado tenía promesas de ser eterno. Ya no volvería a contestar, ya no volvería a rugir ni a aullarle a la luna. Su naturaleza quedó eclipsada y cuando el artesano terminó su trabajo observó a aquella criatura encogida sobre sí misma y esperando sus órdenes. 

        Miró en aquellos ojos sin emoción y sintió lástima. No temblaba conteniendo su ira, sus propósitos se habían apagado y esperaba como un cáliz vacío a que alguien o algo vertiera sus propias metas en un recipiente que había perdido el valor y el coraje. Se sintió extraño. Tantos años buscando la forma de moldear las intenciones, tanto tiempo invertido en descubrir aquella panacea de la voluntad y ahora comprendía que no había nada de humano en todo aquello. Recapacitó unos instantes, contrariado. Imaginó un futuro donde las almas vagaran sin un propósito propio y se estremeció de sólo pensar en las consecuencias. Susurró algo inteligible, destruyó sus notas y se ocultó. Volvió a liberar a la bestia y se dijo que sólo así tenía que ser. Que sólo así algún día él mismo limaría sus asperezas y daría una forma más armoniosa a aquella mente perdida y ensombrecida. La criatura se levantó confusa de su cama y salió a la calle donde le esperaba el mundo en el que tendría que chocar y confrontar otras aristas para alcanzar sus metas. 

        - Que podamos pulir una piedra, no significa que el resultado sea tan hermoso como cuando lo hacen el mar y el tiempo. - se dijo el artesano. Y se perdió entre la multitud buscando las curvas con las que soñaba desde hacía siglos. Siguió vagando arrastrando la esperanza de un gran cambio y sin saberlo una arista comenzó aflorar en su mente altiva y redondeada. Tal vez él también se estaba haciendo humano. 


02/04/2016 Alfredo Gil Pérez

viernes, 25 de marzo de 2016

Tira y empuja

        La capa ondeaba al viento como la bandera de una patria huérfana degradada por el tiempo y el frío. Se ajustó la capucha y su barba rala se meció con parsimonia mientras rodeaba el templo. Sentado en una columna lo esperaba un hombre sabio y silencioso como el murmullo de los años escrito en las piedras que formaban la nave lateral. Se saludaron inclinando la cabeza y se quedaron allí plantados el uno frente al otro asomándose al interior de sus pupilas en busca de las primeras palabras. 

        - Bienvenido. - dijo el sabio dándole a la calle un aire de hogar acogedor que contrastaba con aquella tarde de invierno tardío - Mi casa tiene muchas paredes y carece de techo, pero no por ello serás peor acogido. Ponte cómodo - señaló un bloque que sobresalía de la fachada mordido por la erosión - y cuéntame la historia de tus pasos sonámbulos, viajero.

          - No quisiera molestarle, - se disculpó algo turbado el primero - pero he oído hablar de usted y he venido para saber más.

        - Yo no he oído hablar de ti y me gustaría que te presentaras. Somos extraños pero puedes tutearme. Al fin y al cabo compartimos la misma casa desde hace mucho tiempo, o eso es lo que grita tu ropa ajada y tus manos sucias.

        - No tengo un nombre concreto y no vengo de un solo lugar. Mis pasos no merecen ser nombrados y no recuerdo que haya nada que destacar a parte de la curiosidad que me ha empujado hasta aquí.

        - ¿Y de qué curiosidad se trata? Debe de ser una muy poderosa para arrastrar a alguien hasta un lugar tan recóndito como éste.

       - He oído decir que conoces lo que motiva a todos los seres humanos y los hace libres. Pero ninguna de las personas con las que me he encontrado ha sabido decir de qué se trata. - el sabio rió y miró hacia el bosque que se adivinaba al final de la alargada y estrecha calle.

        - ¿En qué crees tú? 

        - En nada. - le respondió el viajero desconcertado.

        - Todos los seres humanos creen. Están hechos para hacerlo. Ya sea en historias, en sueños, en personas, en metas... Incluso tú que tienes poco de humano te has dejado arrastrar por tus creencias. No hay una respuesta clara a tu pregunta. Sólo una fuerza visceral que tira de ti o te empuja hacia lo desconocido. ¿Cómo no van a ser fuertes la esperanza, la curiosidad o la fe si han conseguido llevar al olvido hasta una simple piedra para intentar recordar su propia esencia? - y el viento volvió a soplar rodeando una escultura eterna y barriendo las huellas de una idea que nunca llegó a estar allí.

25/03/2016 Alfredo Gil Pérez
       

miércoles, 9 de marzo de 2016

Momento

        El parpadeo fue rápido, un torrente de luz y oscuridad que congeló los colores en el preciso instante en el que una polilla aleteaba remontando el vuelo sobre las hojas fustigadas por una corriente de aire perdida y noctámbula. El tacto del cemento era seco, casi cálido. Y el olor a madera cortada impregnaba un ambiente saturado por las risas de cuatro colegialas que correteaban por la calle contentas de ser libres, de ser jóvenes y de poder estirar las piernas. 

        Los coches encaraban sus rutas con una férrea decisión y los semáforos titilaban ajenos a cuanto les rodeaba. El grito de un claxon se quedó suspendido en el aire y el pájaro que se abalanzaba sobre la polilla, probablemente un cuervo negro azabache que ahora se fundía en un manchón emborronado por la velocidad, apuntaba como una flecha funesta hacia su objetivo. En el cielo las nubes comenzaban a retorcerse como un trapo y sus gotas se pararon en el preciso instante en el que su estructura vaporosa, casi espectral, se tornaba en gruesas perlas de líquido cristalino. 

        Las torres de la catedral seguían erguidas, impertérritas, y sus gárgolas asomaban sus picos y hocicos al vacío buscando la próxima presa sobre la que vomitar un chorro de agua inesperado. Los talones de los transeúntes besaban el suelo y las puntas de sus pies buscaban el cielo a cada paso, soñando con volar y dejar atrás la monotonía de un pavimento moldeado por los años y las huellas anónimas de mil almas indecisas que no saben muy bien a dónde van y que apenas recuerdan de dónde vienen. 

        Fue un momento y fue un siglo. Fue toda una revelación. Cuando las cuerdas de aquél cantante callejero y furtivo rasgaron la guitarra arrancando la primera nota, el hechizo se esfumó y ya no había polilla, el cuervo remontaba suspendido por sus alas. Del coche que claxonaba manaron insultos de todas las formas y tamaños, las colegialas siguieron su camino ausentes en sus juegos y las gotas de una lluvia torrencial se suicidaron, como un asesino silencioso. Cayeron en picado y bajo ellas la plaza se volvía un gigante sediento, con la piel cuarteada por los adoquines, que esperaba ansioso su beso húmedo y reconfortante. 

        Los transeúntes corrieron a refugiarse, las gárgolas escupieron divertidas, la música siguió sonando y haciendo reverberar la piedra que silenciosa escuchaba el sobresalto de un joven sobre el que había caído el chorro de una certera gárgola para hacerlo volver a la realidad. Se sacudió el pelo, cerró la cremallera de su chaqueta con un débil susurro metálico y se puso en marcha hacia la estación besando el suelo y buscando el cielo con la punta y el talón de sus deportivas desgastadas.

09/03/2016 Alfredo Gil Pérez